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Archive for 23 enero 2010

Me lo contó todo una noche el doctor Acuña. Los caminos del doctor Acuña y el mío se cruzaron después de que yo me paseara por cuatro de los cinco continentes (y no, jamás me he dejado caer por Oceanía, ni al pedo). Llegué hasta su librería cuando el sol se ponía, pues soy animal nocturno que se cobija en las sombras y procuro pasar desapercibido. Los libros ejercen en mí una influencia semejante a la luz en los insectos (y sí, algo de eso me ocurre también en cuestión de mujeres), así que aquel reducto alejandrino era una yugular de lo más apetecible. Una mirada rápida me bastó para darme cuenta de que entre aquellos anaqueles repletos de libros se encontraban quizás varios de los descatalogados que había buscado durante años, incluso centurias.

Del margen izquierdo al fondo, sentado en una silla tras un escritorio de madera surgió la voz y figura del doctor Acuña, que me dio las buenas noches mientras ordenaba (o desordenaba) unos papeles, facturas parecían.

Y no tardó en ponerse a hablar de aquella librería, su librería, de sus comienzos hacía más de veinte años en un puestito de libros del Parque Rivadavia, de su primera librería El recoveco, que estuvo ubicada en un minúsculo sótano, de los libros que habían pasado por sus manos y de los lugares y personas a los que habían ido a parar. Y me convidó a tomar unos mates, a mí, que ya ni el más selecto de los vinos me producía el menor cosquilleo en el paladar…

En fin, fue una noche larga, muy larga.

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